“Verla en la sala es otra cosa. Funciona de otra manera. Se produce una catarsis, una comunión de gente riéndose al mismo tiempo de una cosa muy potente, mucho más de lo que pensamos”, dice al tiempo que convoca el director uruguayo Juan Ponce de León a ver en el cine Hay una puerta ahí, la película que hizo con su hermano Facundo sobre una amistad igual de original que de fuerte, y eso que se produce a la distancia, sin contacto físico y en el final de la vida de uno de los protagonistas.

Hay una puerta ahí cuenta la historia de la amistad que nace, se profundiza y continúa de formas inexplicables a través de otras personas a partir de la enfermedad neurológica degenerativa (ELA) que se le descubre a Fernando Sureda, quien había sido gerente de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Sureda, por diversas razones que explica al inicio del film, quiere la eutanasia, y como no hay ley que contemple tal posibilidad en Uruguay, comienza una campaña para que el Congreso trate la iniciativa. En el camino, la doctora Laura Ramos, amiga de la familia y del médico español Enric Benito, vincula el caso de Sureda con la especialidad de Benito, y entre ambos surge una relación que va al infinito y más allá.

“Laura Ramos conoce a mi hermano que da clases en la Universidad Católica del Uruguay de los pasillos y cuando se muere Fernando, le comenta a Facundo (docente ahí y doctor en Filosofía) a iniciativa de Enric sobre el material que tenían de las conversaciones virtuales, para ver si se podía hacer algo”, explica Ponce de León.

Los hermanos visualizan el material, Enric consigue el consentimiento de la mujer de Fernando y comienza una nueva historia, que es la continuidad de la misma pero de otra manera. A los hermanos les llevó dos años “montar esas conversaciones” provenientes de 11 horas de charlas con imagen que a veces sólo era audio, y que se complementaban con varios mails; nada de lo que se pueda decir de calidad cinematográfica, aunque “si uno lo piensa ‘la película’ estaba hecha: sabías el final pero no exactamente cómo iba a pasar, y eso es muy cinematográfico. Lo único que había que encontrar era la narrativa”. 

No es que se trate de algo sencillo, pero los personajes vaya que ayudan: a medida que avanza la historia, crecen en desparpajo, honestidad, sentimiento, en síntesis, en todo lo que en el imaginario de toda cultura significa la amistad. “Había una mezcla de humanidad, de ternura, de dolor, de humor: es muy rioplatense en ese sentido Fernando, con su humor negro que Enric no tiene. Y lo que nos llevó más tiempo es que aparezca el formato de la película: cómo darle lugar a los mails, a los audios. Nos tuvimos que amigar con el material, porque en un momento dijimos: ¿quién va a ir a ver una película que se ve mal, se escucha mal, que se pixela? Y, sin embargo, ahí estaba la belleza de la película: no había que intervenir mucho y dejar la esencia de esos encuentros”, sostiene Ponce de León.

La película fue una de las más vistas en 2024 en Uruguay, lo que abona la teoría de varios amantes del cine tanto desde la academia como del ensayo, que su arte antes que en su despliegue y calidad de producción reside en su posibilidad de convertirse en uno de los lenguajes que puede descubrir cosas de la humanidad que ni la humanidad misma sabe que tiene.

“Es una película sobre el encuentro de dos personas. No queríamos hablar de la eutanasia o los cuidados paliativos, eso era el disparador. Lo que trasciende es el encuentro de la humanidad de estos dos tipos que se putean, se dicen cosas cariñosas, y que también le habla a una generación: Fernando es un tipo que representa a mucha gente que cree que llorar no es de hombre, que no hay que mostrar la vulnerabilidad”.

Y como ese era el objetivo, una escena “que estuvo en varios cortes” no quedó: precisamente la que hablaban del cine. “Hablaban de que les gustaba Cinema Paradiso, Marcelino pan y vino pero no tenía que ver porque en definitiva no tenían vuelo”. Y además, porque tenían “la potencia de Inés (la mujer de Fernando), que no la había visto tanto en el montaje y me di cuenta cuando se dio en sala: esa potencia de entrar en cuadro, que parece que estuviera guionado. La gente conecta mucho con ella. Hasta por una cuestión de género. El hombre es más miedoso para los cuidados. Y la gente en las funciones que iba Inés se quedaba para saludarla, la abrazaba y ella no entendía nada”. 

Los hermanos Ponce de León crearon Mueca Films hace una docena de años con “el deseo de encontrar la forma de mostrar aquello que importa de una manera única”. Ambos objetivos están más que logrados en Hay una puerta ahí. Y si bien es cierto que la película -especialmente su historia- fue encontrada antes que buscada, quiénes otros que los directores de Mueca podrían haber encontrado una historia así. “La productora tiene un estilo y una forma de ver que cruza la filosofía y el cine. Y ese cruce de los dos mundos es lo que ha generado que los proyectos de Mueca siempre tengan una cuestión muy humana. Pero esa ficha nos cae después. Porque es azaroso pero al mismo tiempo no es azaroso”. Hay una puerta ahí tiene toda la lógica del azar.

Todavía todo está “muy vivo” como para que Ponce de León pueda señalar prácticamente sin dudas el cambio que produjo en él la película. Sin embargo, “a título personal”, arriesga: “Creo que es muy importante tener conversaciones incómodas. Una de las frases que le dice Enric a Fernando en un mail es: la máxima fortaleza está en la máxima vulnerabilidad. Creo que esa es una cuestión que nos cuesta mucho ver. Nosotros creemos que cuando no mostramos vulnerabilidad somos más fuertes, y es todo lo contrario. Generalmente cuando bajamos la guardia aparecen la luz y la humanidad”.

Hay una puerta ahí

Documental de Fernando y Juan Ponce de León (Uruguay y España, 2024). Con Fernando Sureda y Enric Benito. Domingos de marzo a las 19 en Cine Arte Cacodelphia, Av. Pres. Roque Sáenz Peña 1150, CABA.