El 6 de enero de 2017, a causa de una terrible esclerosis múltiple, moría en su casa de Palermo el narrador, crítico y profesor Ricardo Piglia. Desde entonces, no obstante, su obra sigue incrementándose con publicaciones variopintas.
En septiembre de aquel año apareció Un día en la vida, último tomo de los diarios de Emilio Renzi, su alter ego; en 2018, Los casos del comisario Croce (personaje que había hecho de las suyas en Blanco nocturno); y en 2021, también de la mano de Anagrama y revisados por Piglia antes de morir, Los cuentos completos.
Más recientemente, el año pasado, vieron la luz los Trece prólogos, del Fondo de Cultura Económica e Introducción general a la crítica de mí mismo, el volumen que recoge las conversaciones con Horacio Tarcus durante los ´60s y 70´s. Como si esto no bastara, Eterna Cadencia lanzó en diciembre pasado Borges por Piglia, las transcripciones de las clases que el autor dictara en la TV Pública durante 2013.
La editorial Libros del Zorro Rojo –que publicara la adaptación a novela gráfica de La ciudad ausente a cargo de Pablo de Santis y Luis Scafati– lanzó una cuidadísima edición, con ilustraciones de Nacha Vollenweider, de Plata quemada, la novela con la que Piglia se hizo del Premio Planeta en 1997. De ritmo vertiginoso y una violencia tan cruda como cinematográfica, el libro se proponía como una “no ficción”: un relato alrededor de un hecho real aunque tejido, en este caso, de recursos caros a la poética de Piglia.

Piglia lector de legajos policiales
En septiembre de 1965, en el pacífico pueblo de San Fernando, provincia de Buenos Aires, una banda asalta al camión de caudales en la puerta del banco. El atraco es vertiginoso y, los asaltantes, despiadados. Dejan tras de sí un par de víctimas sin sentido y, envalentonados, hacen lo verdaderamente impensado en ese mundo: traicionar a los políticos y policías que formaron parte de la inteligencia del robo. Deciden, entonces, huir con el botín y arriesgarlo todo.
Claro que Piglia se interiorizó del asunto: estudió minuciosamente los legajos judiciales, las declaraciones testimoniales y las diversas noticias y crónicas policiales que seguían, día a día, por aquel entonces, el hecho. Sin embargo, el caso disponía –para quien quería ver– un entramado de complicidades delictivas que echaba luz sobre el funcionamiento social: como sostuvo Martín Kohan, Piglia detectó allí la cifra de su propia literatura.

Para Roberto Arlt –afirma Piglia en un famoso texto sobre el autor de El juguete rabioso– es insostenible escribir acerca del trabajo (puesto que el trabajo produce únicamente la explotación del trabajador), y los asalariados, grises y mudos, no tiene nada, en efecto, que contar.
En Arlt, dice Piglia, “el dinero es una máquina de producir ficciones, o mejor, es la ficción misma porque siempre desrealiza el mundo: primero porque para poder tenerlo hay que inventar, falsificar, estafar, «hacer ficción» y a la vez porque enriquecerse es siempre la ilusión (…) que se construye a partir de todo lo que se podrá tener en el dinero”. Y concluye: “De hecho los personajes de Arlt no ganan dinero, se lo hacen y en ese trabajo imaginario encuentran la literatura”.

En este sentido, los criminales y la criminalidad son el fundamento mismo de la ficción. Los maleantes de Plata quemada no sólo elaboran y ejecutan un plan: terminan por socavarlo ellos mismos en función del dinero, de traicionar a los que no arriesgan el cuerpo y de llevar al extremo la experiencia que Emilio Renzi, el flamante cronista que es citado en el texto pero que, sabemos, es un desdoblamiento ficticio de Piglia, denomina hybris: “la arrogancia de quien desafía a los dioses y busca su propia ruina”.
En otros términos, los delincuentes de la novela fabrican una aventura –criminal, desmedida– y, al hacerlo, producen su propio dinero, su propia ficción. Pero para consumar el delito violan el más sagrado de los tabúes: quemar la plata por la que han asesinado y traicionado. Y, al hacerlo, resquebrajan lo único que ofrece un marco racional a todo el descalabro: el sentido.

Acorralados por la policía en un departamento en Montevideo, Uruguay, el Gaucho Dorda, el Nene Brignone y el Cuervo Mereles, a sabiendas de que no habrá escapatoria posible, declaran una guerra definitiva –de la que no puede volverse atrás– contra la sociedad. Y antes, entonces, de que la policía se quede con el dinero, incineran el botín. Los maleantes arrojan desde la ventana los billetes encendidos, que flotan en el aire como parpadeantes mariposas de luz.
En la calle, los oficiales, periodistas, vecinos y chismosos, no dan crédito a sus ojos. “Indignados, los ciudadanos que observaban la escena daban gritos de horror y de odio, como en un aquelarre del medioevo (según los diarios), no podían soportar que ante sus ojos se quemaran cerca de quinientos mil dólares en una operación que paralizó de horror a la ciudad y al país y que duró exactamente quince interminables minutos, que es el tiempo que tarda en quemarse esa cantidad astronómica de dinero”.
Piglia, el dinero y el sexo
A diferencia del director Marcelo Piñeyro, que adaptó la novela del autor al cine en el año 2000 y centró en el vínculo gay entre Dorda y Brignone el carácter iconoclasta de la historia, Piglia entiende que es el dinero –antes que el sexo, más allá de sus posibles conexiones– la ficción que permite comprender –en su circulación, en su distribución y en las facultades simbólicas que se le atribuyen– el funcionamiento social y su moral.

Las experiencias intensas, como la de los delincuentes de la novela de Piglia (como, en definitiva, la de la ficción) revelan los alcances y el confinamiento al que el sentido común reduce las relaciones y las apreciaciones que se hacen de la vida individual y comunitaria.
Si por el capital se trabaja y se sueña; si por él se combate y se traiciona; si por un puñado de billetes un simple empleado pone en riesgo su vida para proteger el dinero de un empresario millonario, vale preguntarse, como lo hizo Brecht: ¿qué es robar un banco comparado con fundarlo?