El negro es el color de Billy Corgan. Reina en la noche más oscura del níveo Movistar Arena. La promesa de misa dark flota en el aire mil veces respirado del estadio. Eternos himnos melancólicos y de infinita tristeza alternativa acarrean los Smashing Pumpkins hasta Villa Crespo. “Música sombría, pero que le llega a la gente”, decía la sabia Lisa Simpson en los pálidos tiempos dorados de la Generación X. Todo niño sensible de los años noventa sabrá de lo que estamos hablando.
La banda nacida y criada en Chicago en los últimos suspiros de los ’80 visita estas pampas del infierno por cuarta vez. La primera fue allá lejos en 1998 para presentar Adore durante los años dulces de pizza, champán y cocaína del amargo menemato. Velada pesada en el Parque Sarmiento, ¿se acuerdan? Repitieron el ritual en versiones algo deslucidas en un Luna Park de 2012 y el Lollapalooza de 2015, pero mejor no hablar de ciertas cosas.
Nueve años después salen al ruedo porteño con equipo casi original: el monje negro Billy al frente, el ponja James Iha a su izquierda en guitarra y el “Pulpo” Jimmy Chamberlin atrás del doble bombo. Sólo falta D’Arcy del dream team noventoso. La remplaza en el bajo Jack Bates, hijo legítimo del pope de las cuatro cuerdas Peter Hook de los Joy Division y New Order. Se suma en la tercera guitarra la joven Kiki Gong.
Nueve y monedas sueltan amarras los Pumpkins. Hay oleadas en el campo, la marea humana te tira contra las vallas y tomás una última bocanada de aire fresco para capear la tormenta. Entonces te sacude un tsunami con “The Everlasting Gaze”, “Doomsday Clock” y el cover de “Zoo Station” de los U2, con Chamberlin castigando los parches sin piedad y aún lucidez jazzera. Seguís a flote.
“Hoy es el día más grandioso que he conocido jamás”, dice el trapo tatuado a mano que flamea en el campo. Billy sonríe desconsolado desde las alturas. Agradece el presente con los primeros versos de esa perla con cicatrices que es “Today”, clásico de clásicos de Siamese Dream. Al toque, la sinfónica dark de Corgan sube al dirigible de Méliès rumbo a la Luna con “Tonight, Tonight”. Te maquillás con rimmel, te ponés la galera y cantás que “nunca podés irte / sin perder un pedazo de tu juventud”.
Si con “Ava Adore” entrás en modo electrónico y el campo muta en dancefloor gótico, cuando suena “Disarm”, el pequeño viejo Billy te desarma con una sonrisa. En plan solista, desnudo con su acústica, Corgan se despacha con tiernas versiones de “Landslide” de Fleetwood Mac y “Shine On, Harvest Moon” de Ruth Etting. Seguro se te piantó un lagrimón.
¿Querés más? Llegan dosis desparejas de heavy metal, pop pesado, rock crudo y vaya uno a saber qué más. Desfilan “Mayonaise”, “Empires”, “Perfect”, “1979”, “Cherub Rock”. Con “Bullet With Butterfly Wing”, sangran las cuerdas vocales de Billy: “El mundo es un vampiro”. La hinchada arde a lo bonzo. Hay furia en el respetuoso pogo. Vos repetís como mantra: “A pesar de toda mi rabia / sigo siendo sólo una rata en una jaula”.
El cierre es a todo trapo. Todes de pie -y pogueando-, suena el himno “Zero”. ¿Final de fiesta? Dale, pelado, no pares nunca más. Los Pumpkins se despiden con “Ziggy Stardust” del amigo Bowie. Dejamos el estadio. Afuera es una triste y bella noche de primavera negra.
Smashing Pumpkins
Martes 5 de noviembre en el Movistar Arena.