Una de las mujeres volvía de su trabajo y la otra iba a buscar a su hijo de la casa de su exmarido. Críticas al ministro de Seguridad, que por la cantidad de denuncias, tuvo que reconocer el mal desempeño de la policía.
“No me gustaría que le pase a otra persona, es denigrante para la mujer”, le dice a Tiempo, Miriam Carlsson, una de las víctimas. “Tardamos en hacer la denuncia porque creíamos que lo que hizo la policía conmigo era natural, en ese momento yo sólo pensaba en volver a mi casa por mis hijos, pero después te das cuenta de que no procedieron nada bien”.
El lunes 23 de marzo, cerca de las 20.30, un patrullero de la comisaría 3° de Puerto Madryn interceptó la camioneta donde viajaba Fabián Savarino, el marido de Miriam. El hombre intentó explicarle que tenía un local de sushi y que estaba haciendo una entrega, pero los oficiales le advirtieron que había entrado en vigencia el decreto presidencial que limitaba la circulación por la pandemia del coronavirus y que debía volver a su casa. Después, lo dejaron retirarse.
“En ese momento me mandó un mensaje para que cerrara el local –recuerda Miriam–. Yo tengo mellizos de nueve meses (además de otros dos hijos: uno de 18 y otro de 13) así que cuando no estoy trabajando, estoy con la Granja de Zenón. No tengo la necesidad de estar boludeando por la calle. Hay mucha gente que está al pedo y pagamos buenos por pecadores”.
Miriam vive en un barrio alejado del centro, así que después de cerrar su local no le quedó otra opción de volver a pasar por el control policial apostado en el acceso principal. “¿Vos me estas tomando el pelo, flaco? Te dije que te fueras a tu casa”, fue la recriminación de los efectivos al reconocer a Savarino.
“Intentamos explicarles que trabajamos con pescado crudo y que eso nos obliga a tener muchos cuidados, como limpiar bien la cocina, antes de cerrar y que, además, estábamos cumpliendo lo que nos habían pedido porque estábamos yendo a casa. No les importó y nos llevaron a la comisaría”, destaca la mujer.
Ya en la seccional, a Miriam la separaron de su marido. Le tomaron los datos (varias veces), le preguntaron por el dinero que llevaba encima y la amenazaron con abrirle una causa judicial porque “había cometido dos delitos”. Pero todavía faltaba lo peor.
“Una mujer policía me hizo pasar a un baño chiquito –cuenta– y me puso contra la pared. Después de palparme me dijo que me sacara la ropa. Casi que me arrancó el corpiño y lo empezó a sacudir. Cuando me saqué el pantalón, me dijo que también me sacara la bombacha. Yo no sabía qué hacer. ´Ahora hacé sentadillas´, dijo. Me quedé mirándola, estaba tan nerviosa que no me acordaba como se hacían. Nunca entendí por qué me hicieron eso, me trataron como una traficante de drogas”.
Más violencia
Miriam no fue la única mujer que la pasó mal esa noche en la comisaría. Una empleada administrativa del Sanatorio de la Ciudad sufrió la misma prepotencia policial. Ella –que pidió reserva de su nombre– había sido interceptada cuando iba a buscar a su hijo a la casa de su ex pareja. Luego, en la comisaría, también fue obligada a desnudarse y hacer sentadillas. Una vez recuperada, radicó la denuncia en la fiscalía de Puerto Madryn. Ambos casos se hicieron públicos por Radio Escuela Namunkura 89.7, una FM local, que siguió recolectando testimonios de abusos por parte de la fuerza.
Al principio, el ministro de Seguridad de Chubut, Federico Massoni, negó las denuncias pero luego las reconoció y pretendió despegarse (al igual que el jefe de la Policía de Chubut, el comisario general Miguel Gómez). De todas formas, varias organizaciones de Derechos Humanos lo apuntaron como el máximo responsable político. Desde la Multisectorial Transfeminista Plurinacional de Rawson, por ejemplo, destacaron que “la norma que rige en esta situación de emergencia nacional es el Decreto de Necesidad y Urgencia 297/2020, y no la inventada por Massoni que lo único que busca es violentar a todes pasando por encima a la Constitución Nacional y provincial”.
“Dicen que te está cuidando –reflexiona Miriam– pero nos tuvieron más de dos horas en un calabozo mugriento, con un colchón tirado en el suelo, lleno de orina y colillas de cigarrillos. A mi marido lo soltaron primero y lo lógico hubiera sido que los mismos policías que no te dejaron circular por las calles lo llevaran hasta la casa, pero no, le dijeron que se la arreglara solo, que se tomara un remís o fuera caminando”.
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