Cómo descubrir al creador escondido detrás del silencio

Por: Mónica López Ocón

Hasta el 16 de junio puede verse en la Casa del Bicentenario la muestra Pablo Cedrón. La obra secreta. Más de 400 piezas que incluyen desde pinturas a maquetas y animaciones. Todas iluminan el lado oculto de un artista que trabajó con un mutismo voluntario.

«Mi nombre es Pablo Cedrón, me dediqué a varios oficios: gastronomía, fui guía del Parque Nacional Los Glaciares, guía de cabalgatas, cazador, actor, guionista, trabajé en el campo, viví ocho años en París donde también me desempeñé en gastronomía, pintura de casas, fabricación de fijador para el cabello, carpintería. Muchas de esas actividades constituyen los temas que elegí para pintar, cosa que empecé a hacer a fines de 2009. Aunque nunca estudié artes ni participé de exposiciones ni fui a taller alguno, de chico me gustaba el dibujo aunque no desconozco que debiera recibir algún tipo de formación.”

Esta austera autobiografía se lee en una de las paredes de la muestra Pablo Cedrón. La obra secreta que, con la curaduría de Eduardo Stupía y la dirección ejecutiva de Martín Lavini, puede verse en la Casa del Bicentenario (Riobama985) hasta el 16 de junio. En ella se reúnen más de 400 piezas de materiales heterogéneos: muñecos, pinturas al óleo, acuarelas, carbonillas, retratos de Marcelo Mazzarello, Luis Machín, Rafael Ferro y muchos otros colegas y extras de películas, maquetas, animaciones, vestuario, fotografías y objetos del actor, desde su trompeta y sus guantes de box hasta sus cámaras fotográficas. A esto se suman sus cuadernos personales en los que registraba los hechos de su vida diaria.

«Cedrón –dice Stupía en el texto curatorial– fue un pintor secreto y un obsesivo escritor de ficciones novelescas profundamente imbricadas en su pintura, así como un prodigioso inventor de objetos, muñecos y maquetas, también orgánicamente vinculados con las historias, las escenas y los personajes que poblaban su fascinante universo, a un tiempo doméstico y goyesco.» La carpintería también figuraba entre sus oficios secretos. «Se había hecho un sillón presidencial –recuerda con una sonrisa su amigo Lavini–. Tenía tallado el escudo patrio y todas las fornituras de un sillón de ese tipo.»

«Esta muestra es posible porque Pablo ya no está, dice Stupía. Lo conocí en los ’80. Jamás me pidió que lo acercara a una galería para hacer una exposición. Al contrario, cuando yo se lo proponía, la cosa se iba diluyendo y no se concretaba. Era muy reservado. Fue Martín (Lavini) quien recogió el material disperso que dejó y lo clasificó.»

Igualmente reservado fue con la enfermedad que se lo llevó prematuramente, a los 59 años, sobre la que también guardó silencio y apenas si reveló a sus más íntimos: «El lunes me pondrán un aparato colgado que deberé llevar veinticuatro horas –apunta en uno de sus cuadernos Cedrón, que había sido diagnosticado como hipertenso–. Es para saber. Saber del corazón. Saber cuánto dolor aún puede resistir el corazón. Mi existencia amenaza siempre con el vacío, sin emociones, con muy poca expectativa. Falto también de deseo vital, converso únicamente con Reno Dragonziuk, el policía de la esquina. No tengo siquiera una doble vida, para eso primero habría que tener una.»

Lavini revela que a pesar de no hablar de sus problemas de salud, en los cuadernos, luego de registrar la fecha del día, registraba su presión arterial como si la hipertensión que sufría fuera una coordenada equivalente a las de tiempo y espacio. Registraba también la variación diaria del precio de las verduras y los lugares más convenientes y baratos para tomarse un buen café con leche con medialunas. «Una bitácora de la vida cotidiana», acota Stupía. Anotaba cosas tales como «Fulano me dijo que en Villa Crespo hay un bar que vende el café con leche con medialunas a 35 pesos. Voy a ir a investigar».

«Tenía mucha conciencia de la teatralidad de la vida, tanto en lo público como en lo privado», comenta Stupía. Quizá por eso recorrer la muestra en compañía de sus organizadores-amigos es recorrer además un amplio abanico de estados de ánimo que va de lo sombrío a la carcajada. También su pintura va de un expresionismo oscuro en los óleos que retratan personajes, a una luminosidad diáfana en las acuarelas de paisajes y animales.

Sorprenden una pequeña maqueta de su casa en el Sur y una maqueta enorme que realizó para visualizar mejor una obra que él mismo guionó: «Con unas cajitas, de mis antidepresivos vacíos, hice unas casas -explica el propio Cedrón en un texto-. Esto después se hizo un pueblo y después una ciudad… Concebí una sociedad imaginaria, del futuro, cruel, diferente, absurda, hostil, en la que está prohibida la música y el humano es un ser confundido y desamparado que aceptó lo absurdo como normal y lo normal como utopía, que pugna por encontrar un sentido a su camino lleno de dolorosos disparates.»

«Pablo tenía una gran capacidad narrativa –cuenta Lavini-. Todos los relatos que parecían inventados, fuimos comprobando que eran ciertos. Él era muy barroco para narrar estas historias, les ponía muchos detalles.» En la exposición hay una cámara Leica antigua metálica sobre la que él contaba una anécdota muy graciosa. Pablo era guía de montaña y salía de excursión con su hijo, Santiago. Llevaban siempre una cámara y una vez se les desbocó un caballo de carga. Entre las cosas que tiró con el movimiento brusco estaba la Leica. Como había mucha vegetación, no pudieron hallarla. Al año siguiente volvieron con un detector de metales y la encontraron. Todavía tenía el rollo adentro, lo revelaron y recobraron las fotos de la excursión del año anterior.»

«Lo que contaba –agrega Stupía– a veces bordeaba lo sobrenatural, lo fantástico. Pero era verdad, tenías que tomarlo como lo contaba Pablo, sin ubicarlo ni en la realidad ni en la ficción. Había una mezcla de vida cotidiana, documento y ficción. Él no diferenciaba entre verdad y ficción, contaba todo en un mismo plano. Lo que contaba tenía la verdad de la literatura: todo era cierto, aunque no relatara la verdad propiamente dicha.»

Su vida secreta podría llevar a pensar que era un solitario. Sin embargo, inclasificable en todo, tampoco reunía los requisitos para ser encasillado de ese modo.

«No era un ermitaño, se relacionaba con mucha gente, pero tenía un gran sentido de la privacidad, del secreto. Todos tenemos una parte secreta, pero él trabajaba el secreto más como un estilo que como una fobia.  Él mismo era una obra secreta, era un estilista del secreto», dice Stupía. Y acota Lavini: «No sé si lo definiría como un solitario. A veces lo era y otras veces no. En los últimos tiempos de su enfermedad me di cuenta de que se relacionaba con mucha gente, aunque yo que era su amigo no lo sabía. En algunos momentos desaparecía, porque se iba a vivir al Parque Lezama, se quedaba unos días, dormía allí con la gente del parque.»

«Además de dedicarse al teatro, era un tipo de las expresiones populares criollas: el circo, el carnaval, la mascarada, el sainete, la farsa», sintetiza Stupía.

En Un tal Lucas dijo Julio Cortázar: «Una noche con los Cedrón es una especie de resumen sudamericano que explica y justifica la estupefacta admiración con que los europeos asisten a su música, a su literatura, a su pintura y a su cine o teatro.»

«Pablo, dice Lavini, pertenecía a la estirpe de los Cedrón. Aunque renegaba de pertenecer a ella, la estirpe lo inducía y lo abducía.»

Seguramente no le debe haber resultado fácil encontrar y sostener su singularidad en un entorno muy cercano de seres singulares. 


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